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El milagro mayor

Entre los múltiples signos que marcaron el ministerio de Jesús —sanar leprosos, devolver la vista a los ciegos, levantar a los muertos— existe uno que, silencioso y a menudo inadvertido, revela con mayor claridad el corazón mismo de su misión: el perdón de los pecados . En la casa del fariseo (Lucas 7:36–50), en medio de una cena marcada por protocolos sociales y miradas escrutadoras, irrumpe una mujer cargada de pasado. Sus lágrimas caen como un ungüento sobre los pies del Maestro; su cabello, que antes había servido quizá para la vanidad o la seducción, se convierte ahora en instrumento de adoración. Es una escena íntima y desconcertante: el perfume, las lágrimas y el silencio de la vergüenza se entrelazan con una palabra que desarma toda lógica humana: “Tus pecados te son perdonados.” Para los presentes, estas palabras constituyen un escándalo. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios? (v. 49). Precisamente allí, en la mesa de un fariseo, Jesús revela que el mayor milagro no ...

Nada me falta: la oración desde la plenitud

  El primer verso del Salmo 23 — Adonai ro‘i, lo ekhsar , יְהוָה רֹעִי לֹא אֶחְסָר (El Señor es mi pastor, nada me ha de faltar)— es una de las declaraciones más elevadas de confianza espiritual jamás escritas. David no habla aquí como un rey guerrero ni como un fugitivo perseguido, sino como un alma que ha encontrado descanso. Después de años de batallas externas e internas, el salmista llega a una certeza interior: “El Señor es mi pastor; nada me falta.” En estas palabras se percibe un tránsito espiritual profundo. David ha pasado del lenguaje de la súplica al de la gratitud. Ya no necesita pedir porque ha descubierto que todo lo que realmente necesita está en la Presencia misma de Dios. La oración, en este nivel, deja de ser un instrumento de petición y se convierte en un acto de reconocimiento. El verbo hebreo אֶחְסָר ( ekhsar ), “carecer” o “faltar”, está en tiempo imperfecto, lo que sugiere una acción continua: “no tengo carencia, nada me faltará, no me faltará jamás....

Nuestra Herencia: Entre la Cruz y la Gloria

  Las Escrituras son inequívocas al afirmar que todos aquellos que han recibido a Jesucristo como Señor y Salvador han sido adoptados como hijos de Dios (Juan 1:12; Gálatas 3:26; Romanos 8:14; 1 Juan 3:2). Más aún, se nos revela que no solo somos hijos, sino también herederos—coherederos con Cristo—llamados a participar de su gloria futura (Romanos 8:17). Esta verdad constituye uno de los pilares más firmes de la fe cristiana. Sin embargo, mi inquietud surge a partir del modo en que esta doctrina ha sido interpretada y aplicada en ciertos sectores de la iglesia contemporánea. Nadie puede ni debe contradecir lo que establece la Palabra de Dios: somos hijos y herederos. Esa identidad está asegurada por la fe. La cuestión decisiva, no obstante, es cuándo y cómo se manifestará plenamente esa herencia. ¿En qué momento ejerceremos, en plenitud, esa posición gloriosa que nos ha sido prometida? Muchos sostienen que la salvación misma constituye la herencia; que tener a Cristo en nues...

Jesús como la Vida: eje de la cristología joánica

  La afirmación de Jesús acerca de ser “la vida” constituye uno de los ejes centrales de la cristología del Evangelio según Juan. No se trata de un título simbólico ni de una metáfora piadosa, sino de una autodefinición ontológica: Jesús declara que la vida —tanto en su dimensión terrenal como eterna— está inherentemente unida a su persona. La vida no es algo que Él simplemente comunica desde fuera; emana de su propio ser. Cuando Jesús afirma: “Yo soy el camino, la verdad y la vida ” (Juan 14:6), no ofrece una serie de métodos o instrucciones para alcanzar la vida espiritual. Presenta, más bien, la vida como un atributo esencial de su identidad divina-humanada. Él no señala hacia la vida: Él es la vida en su origen, su sustancia y su plenitud. En consecuencia, la vida eterna no debe entenderse como un estado futuro, abstracto o meramente escatológico, sino como una relación viva, presente y dinámica con Cristo. Esta misma idea se refuerza cuando Jesús declara: “Yo he venido ...

Monte Carmelo

  Sobre el monte Carmelo se alzaron los altares. Subió Eliahu, llevado por el aplomo del misterio de los siglos. Los profetas de Baal subieron con danzas frenéticas, clamando a dioses mudos, hiriéndose con cuchillos hasta teñir de rojo la tierra. Eliahu, bajo la sombra de Hashem, se irguió: “¿Dónde está vuestro dios? ¿Acaso duerme?” Los idólatras desfallecieron en su furia estéril, mientras el cielo esperaba el tiempo señalado. Entonces clamó el profeta del Señor: “¡Respóndeme, Adonai, respóndeme, para que este pueblo sepa que Tú eres Dios!” Y se abrió el abismo celeste. Un fuego terrible descendió, consumiendo la ofrenda, la leña, las piedras, el polvo, y hasta el agua que corría en torno al altar. El pueblo cayó rostro en tierra, temblando, y adoró al Señor de los ejércitos. Los profetas de Baal fueron abatidos por la espada, y aquel día fue exaltado el Nombre temible, que reina sobre los cielos y la tierra. ¡Que el Anciano de Días envíe ese fuego ...

Luto celeste

  Cesó el Hacedor en el séptimo día. Silencio de gloria flotó sobre la aurora del mundo. El universo, recién nacido del Verbo infinito, respiraba por primera vez mientras el tiempo, ahora despierto, emprendía su marcha por los largos valles del destino.   Siglos después, el Profeta–carpintero fue colgado como reo. Murió en una tarde oscura que rasgó los cielos, y la creación entera tembló ante el Hijo del Hombre fallecido. Los muertos abrieron los ojos del polvo, mientras un lienzo blanco abrazaba su cuerpo inerme.   En el principio cesaron las obras; ahora, el mismo Dios callaba. Cayó en manos de quienes ignoraban lo que hacían. Nuevamente se detuvo la labor divina, no por descanso, sino por una herida mortal. El Artífice eterno ofreció su aliento a los verdugos, entregó la vida para salvar a los que le daban muerte.   Día de reposo inmemorial, en que el Justo fue traspasado. Día de luto universal, cuando el Autor del cosmos se dejó des...

Ya no vivo yo…

  Me alegra escuchar que algunos se sienten exaltados, hijos del Rey que se reconocen príncipes, gobernantes en un reino que ya imaginan lleno de alturas, herencias y resplandores. Que la grandeza les llegue con todo su peso de oro, y que la celebración nunca les falte.   Pero yo camino por otro sendero. Como dijo Abraham, sé que soy polvo y ceniza, una existencia que no se mantiene, una chispa fugaz sin eternidad propia. Como confesó el rey David, soy un gusano y no un hombre, una burla, un susurro despreciado por las naciones.   Mientras ustedes se sientan en tronos con coronas tímidas y vestidos de fiesta, yo permanezco lejos de ese júbilo, observando la procesión de ilusiones desde la sombra donde siempre estuve.   Yo sé dónde estoy. Estoy crucificado entre otros ladrones, no mejor que ellos, no peor: simplemente uno más. Condenado, desnudo, sangrante, suspendido entre tierra y cielo como un objeto que nadie reclama. Apenas ...