El milagro mayor
Entre los múltiples signos que marcaron el ministerio de Jesús —sanar leprosos, devolver la vista a los ciegos, levantar a los muertos— existe uno que, silencioso y a menudo inadvertido, revela con mayor claridad el corazón mismo de su misión: el perdón de los pecados . En la casa del fariseo (Lucas 7:36–50), en medio de una cena marcada por protocolos sociales y miradas escrutadoras, irrumpe una mujer cargada de pasado. Sus lágrimas caen como un ungüento sobre los pies del Maestro; su cabello, que antes había servido quizá para la vanidad o la seducción, se convierte ahora en instrumento de adoración. Es una escena íntima y desconcertante: el perfume, las lágrimas y el silencio de la vergüenza se entrelazan con una palabra que desarma toda lógica humana: “Tus pecados te son perdonados.” Para los presentes, estas palabras constituyen un escándalo. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios? (v. 49). Precisamente allí, en la mesa de un fariseo, Jesús revela que el mayor milagro no ...