Nada me falta: la oración desde la plenitud

 

El primer verso del Salmo 23 —Adonai ro‘i, lo ekhsar, יְהוָה רֹעִי לֹא אֶחְסָר (El Señor es mi pastor, nada me ha de faltar)— es una de las declaraciones más elevadas de confianza espiritual jamás escritas. David no habla aquí como un rey guerrero ni como un fugitivo perseguido, sino como un alma que ha encontrado descanso. Después de años de batallas externas e internas, el salmista llega a una certeza interior: “El Señor es mi pastor; nada me falta.”

En estas palabras se percibe un tránsito espiritual profundo. David ha pasado del lenguaje de la súplica al de la gratitud. Ya no necesita pedir porque ha descubierto que todo lo que realmente necesita está en la Presencia misma de Dios. La oración, en este nivel, deja de ser un instrumento de petición y se convierte en un acto de reconocimiento.

El verbo hebreo אֶחְסָר (ekhsar), “carecer” o “faltar”, está en tiempo imperfecto, lo que sugiere una acción continua: “no tengo carencia, nada me faltará, no me faltará jamás.” No se trata de un deseo, sino de una convicción: Dios ya ha provisto. David no espera recibir algo, sino que vive en la conciencia de haberlo recibido todo.

Es importante también destacar que ekhsar igualmente puede significar “fallar” o “fracaso.” Entonces el Señor igualmente nos libra de posibles fallas o fracasos en la vida.

Quien alcanza este nivel de fe entiende que orar no es convencer a Dios de darnos, sino convencernos nosotros de que ya hemos sido provistos. En este sentido, la oración deja de ser ansiedad y se convierte en comunión; deja de ser necesidad y se transforma en reposo.

En la tradición hebrea, este reposo interior se llama bitajón (בִּטָּחוֹן) —la confianza absoluta en Hashem. Es la paz de quien ya no mide su fe por los resultados visibles, sino por la certeza invisible de la fidelidad divina.

Cuando David dice “Adonai ro‘i” está afirmando que el Eterno no solo guía, sino que sostiene, alimenta y vela continuamente por sus hijos. El pastor no da solo pastos; da seguridad, da presencia.

Por eso, la oración del justo no es ansiosa. No necesita multiplicar palabras para ser oído, porque sabe que el Pastor conoce las necesidades antes de que se pronuncien. El alma confiada no ruega; descansa. Y desde ese descanso brota la alabanza, no como obligación, sino como respiración natural del espíritu.

El Evangelio revela la plenitud de este misterio cuando Yehoshua ha-Mashíaj proclama:

“Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas.” (Juan 10:11)

Cristo no solo cumple la imagen del Pastor divino, sino que se convierte en la fuente misma de la provisión. En Él, el creyente no tiene que pedir agua porque ya bebe del manantial eterno (Juan 4:14); no tiene que clamar por pan, porque Él es el Pan de Vida (Juan 6:35). Todo lo que el alma necesita está contenido en Su ser.

Así, la oración cristiana madura no se sostiene en la carencia, sino en la comunión. Es la plegaria de quien ya no ruega que el cielo descienda, porque el cielo habita dentro de él. En Cristo, la fe no busca tener, sino ser: ser amado, ser guiado, ser sostenido.

Cuando comprendemos que el Señor es nuestro Pastor, cesa la lucha por el control. La ansiedad espiritual —esa sensación de que debemos insistir hasta obtener respuesta— se disuelve ante la certeza de que Dios ya está obrando, incluso antes de que hablemos.

Como dice el apóstol Pablo:

“No estéis afanosos por nada, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Filipenses 4:6)

La verdadera oración nace del agradecimiento, no del miedo a la escasez. La alabanza sustituye a la preocupación porque el alma sabe que el Pastor nunca abandona a sus ovejas. Por eso, “nada me falta” no es una negación de la necesidad humana, sino una afirmación de la suficiencia divina.

En el mismo capítulo de Filipenses, en el verso 7 señala que el apóstol desea que la paz de Dios cuide nuestros corazones y pensamientos.  Dice allí:

“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:7). 

Sin duda, la obra de Dios debe sobrepasar nuestro entendimiento, porque la mente humana —limitada por su condición mundana— intenta resolver las situaciones desde la lógica inmediata de las circunstancias. Cuando razonamos únicamente de ese modo, inevitablemente nos estrellamos contra los límites de la realidad material y visible, y la esperanza se diluye.

Precisamente por eso, el rey Salomón nos exhorta con sabiduría en el libro de Proverbios: “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento” (Proverbios 3:5). La fe bíblica no niega la razón, pero sí la somete a una confianza más alta: la confianza en el Eterno.

Debemos descansar en el poder de Dios, quien conoce plenamente aquello que estamos atravesando y cuya acción no está limitada por nuestras percepciones ni por nuestras fuerzas. Él responde de maneras que nos superan, obrando con poder y majestad. Como testifica el salmista: “En la angustia llamaste y Yo te liberé; llamaste secretamente y Yo te respondí con estruendosos prodigios” (Salmo 81:7). Allí donde nuestra comprensión se agota, la fidelidad de Dios se manifiesta.

Llegar al punto donde ya no pedimos, sino que simplemente agradecemos, no es resignación, sino madurez. Es el grado más alto de la fe: vivir en la conciencia de que Dios ya ha provisto.
David no dice “El Señor me dará”, sino “El Señor es”.

No dice “Nada me faltará cuando Él actúe”, sino “Nada me falta porque Él es”.
La diferencia entre ambos modos de orar es la distancia entre la ansiedad y la adoración.

Quien vive esta experiencia ora no para cambiar las circunstancias, sino para permanecer en la Presencia. Y en esa Presencia descubre que ya no hay falta, porque el alma que posee a Dios no carece de nada.

El Salmo 23 comienza con una proclamación, no con una súplica. Es la voz del creyente que ha cruzado el umbral del miedo y ha entrado en el descanso de la confianza. Orar, en este nivel, no es pedir —es contemplar. No es buscar —es reconocer.

La oración al Padre, por tanto, no puede ser una experiencia de ansiedad o carencia, sino un acto de gratitud y serenidad. La fe madura no insiste en recibir, sino que agradece haber recibido. El que tiene al Pastor posee todo.

“Adonai ro‘i lo ekhsar” —el Señor es mi Pastor, y por eso nada me falta.
No porque el mundo sea perfecto, sino porque mi corazón descansa en Aquel que lo es.
Esta es la oración desde la plenitud, el estado del alma que ha dejado de mendigar milagros porque vive rodeada de ellos.

Esa paz que sobrepasa todo entendimiento humano esté con nosotros.

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