El milagro mayor


Entre los múltiples signos que marcaron el ministerio de Jesús —sanar leprosos, devolver la vista a los ciegos, levantar a los muertos— existe uno que, silencioso y a menudo inadvertido, revela con mayor claridad el corazón mismo de su misión: el perdón de los pecados.

En la casa del fariseo (Lucas 7:36–50), en medio de una cena marcada por protocolos sociales y miradas escrutadoras, irrumpe una mujer cargada de pasado. Sus lágrimas caen como un ungüento sobre los pies del Maestro; su cabello, que antes había servido quizá para la vanidad o la seducción, se convierte ahora en instrumento de adoración. Es una escena íntima y desconcertante: el perfume, las lágrimas y el silencio de la vergüenza se entrelazan con una palabra que desarma toda lógica humana:

“Tus pecados te son perdonados.”

Para los presentes, estas palabras constituyen un escándalo. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios? (v. 49). Precisamente allí, en la mesa de un fariseo, Jesús revela que el mayor milagro no es físico, sino espiritual; no visible, sino ontológico. Perdonar los pecados es alterar el destino eterno de una persona, es reescribir la historia de un alma ante el tribunal divino.

En la economía espiritual de la Torá, el pecado no es una simple transgresión moral: es una deuda real que exige respuesta. Como bien expuso el apóstol Pablo “La paga del pecado es la muerte” (Romanos 6:23), y Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:6; Salmo 62:12). Bajo el antiguo pacto, esa deuda se cubría provisionalmente mediante sacrificios, expiaciones anuales y rituales minuciosos. El pecado quedaba cubierto, no eliminado; postergado, no borrado. El pecador vivía con la conciencia de una culpa que, aunque contenida, nunca desaparecía del todo.

Más aun, aquellos pecados no intencionales eran borrados con los sacrificios, no obstante, los pecados intencionales como el adulterio, la vida libertina y lujuriosa, el robo y el asesinato no tenían perdón.  De acuerdo con la Torá se pagaban con una restitución económica, con el exilio o con la vida misma.  No existía alternativa.  En el caso de la mujer de esta historia, posiblemente su pecado estaba entre uno de esos para los que no existía sacrificio alguno.  Ese fue el gran escándalo creado por las palabras de Jesús.  El perdonó aquel pecado para el que no existía perdón alguno.  Nuestro Señor estableció que El es quien tiene la autoridad divina de realmente perdonar lo imperdonable.  Él era la misericordia del Eterno encarnada. 

Cuando Jesús pronuncia el perdón, no está posponiendo el juicio: lo está absorbiendo en sí mismo. En ese gesto —antes de la cruz y anticipándola— inaugura un tiempo nuevo: el tiempo de la gracia que borra. Lo que antes requería sangre de animales, repetida año tras año, ahora se concentra en la autoridad de una sola voz.

El perdón no es aquí un simple acto psicológico de consuelo; es una acción creadora, semejante a la palabra con la que Dios formó el mundo. El pecador perdonado no es meramente un culpable absuelto: es un ser nuevo. “Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2da. de Corintios 5:17).

Este es el auténtico escándalo del Reino: que el Juez se siente a la mesa con los culpables, y en lugar de dictar sentencia, pronuncia absolución. El milagro no es que los muertos caminen, sino que los condenados vivan libres. Cada perdón pronunciado por Jesús es un eco anticipado de la cruz, donde la justicia de Dios y su misericordia se besan.

Así, en aquella cena, lo invisible supera a lo visible. El perfume se disipará, las lágrimas secarán, la cena terminará… pero la palabra “tus pecados te son perdonados” resonará eternamente en la historia de esa mujer. Allí comenzó una nueva creación.

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