¿Nuestra fe o la fe de Jesús? Del creer a la fidelidad

 

Desde el siglo XVI, la teología cristiana ha estado marcada por el debate entre fe y obras, especialmente a partir de la Reforma protestante. Los reformadores centraron gran parte de su atención en la lectura paulina de la justificación por la fe, muchas veces en contraste con las obras de la ley. Sin embargo, esta discusión histórica, aunque necesaria, dejó en ocasiones sin explorar una dimensión más profunda del concepto bíblico de fe: no solo la fe en Cristo, sino la fe de Cristo.

En los Evangelios, Jesús comisiona a sus discípulos a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, enviándolos deliberadamente sin provisiones materiales. Al decirles que no lleven bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, Jesús establece un principio espiritual fundamental: la misión del Reino se sostiene no en recursos humanos, sino en una confianza radical en Dios (Lucas 9:2–3). Este llamado anticipa una fe que va más allá del simple creer intelectual; es una fe vivida, encarnada y obediente.

La Escritura define la fe como “la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). En el Nuevo Testamento, el término griego pistis abarca tanto el acto de creer como la idea de fidelidad y lealtad. Esta exploración teológica nos lleva a comprender que la fe cristiana está profundamente centrada en la persona de Jesús y, de manera especial, en su propia fidelidad al Padre.

En un primer nivel, la fe implica creer. Hebreos 11:6 afirma que sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario creer que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Este es el punto de partida: reconocer la realidad de Dios, aceptar que Jesús es quien dijo ser y confiar en la veracidad de sus promesas. No obstante, la Escritura es clara en que el mero creer no constituye un mérito que nos otorgue salvación; más bien, abre la puerta a una relación más profunda con Dios.

El apóstol Pablo enfatiza que la salvación es un don gratuito de la gracia divina. En Efesios 2:8–9 declara que somos salvos por gracia, mediante la fe, y que esto no procede de nosotros ni de nuestras obras, para que nadie pueda gloriarse. La fe, por tanto, no es una obra humana que compra la salvación, sino el medio por el cual recibimos lo que Dios ya ha hecho.

Aquí emerge una afirmación profundamente transformadora del pensamiento paulino: la justificación no ocurre por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo. En Gálatas 2:16, Pablo utiliza una expresión que puede entenderse no solo como “fe en Cristo”, sino como “la fe o fidelidad de Cristo”. Esta lectura, apoyada por traducciones como la Reina Valera y King James Version y la The Passion Translation en inglés, resalta que es la fidelidad obediente de Jesús la que hace posible nuestra justificación.

Esta misma idea se reafirma en Romanos 3:20–22, donde Pablo enseña que la justicia de Dios se ha manifestado aparte de la ley y se concede por medio de la fidelidad de Jesucristo a todos los que creen. El énfasis no recae en la capacidad humana de creer perfectamente, sino en lo que el Padre ha logrado a través de la obediencia fiel del Hijo.

La gran tensión teológica, entonces, no es simplemente cuánto debemos creer para ser salvos, sino comprender qué ha sido ya alcanzado por nosotros mediante la fidelidad de Jesús. El Nuevo Testamento presenta a Cristo como aquel que, siendo hallado en condición humana, se humilló a sí mismo y fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:8). Esa obediencia es la máxima expresión de la pistis como fidelidad.

Desde esta perspectiva, la fe que necesitamos no es algo que debamos generar por nuestro propio esfuerzo. La Escritura enseña que la fe misma es un regalo de Dios, impartido por el Espíritu Santo. Pablo lo afirma tanto en 1 Corintios 12:7–9 como en Efesios 2:8–9: la fe que salva y sostiene no nace del esfuerzo humano, sino de la gracia divina.

Jesús mismo enseñó que no se trata de la cantidad de fe, sino de su origen. Aun una fe tan pequeña como un grano de mostaza puede mover montañas, no por su tamaño, sino porque participa del poder de Dios (Mateo 17:20). En este sentido, no es nuestra fe imperfecta la que nos justifica, sino la fe perfecta de Cristo obrando en nosotros.

Esta verdad se expresa con profunda honestidad en la confesión del padre del muchacho endemoniado: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24). La fortaleza del creyente no descansa en la perfección de su fe personal, sino en la fidelidad inquebrantable de Jesús que actúa en su interior. Como declara Pablo, todo lo podemos en Cristo, quien nos fortalece (Filipenses 4:13).

Comprender que vivimos por la fe del Hijo de Dios nos libera de la ansiedad espiritual de “creer lo suficiente”. Nuestra nueva vida está sostenida por la fidelidad de Cristo, quien nos amó y se entregó por nosotros, impartiendo su vida en la nuestra (Gálatas 2:20). Esta revelación no conduce a la pasividad, sino a una vida transformada por la gracia.

Finalmente, esta fe viva se manifiesta en fidelidad práctica. Santiago afirma que la fe, si no va acompañada de obras, está muerta (Santiago 2:17). No se trata de obras para ganar salvación, sino de una vida que responde fielmente al llamado de Dios. Así, caminamos como testigos del Reino, no confiando en nuestros propios recursos, sino en Aquel que nos envía.

Como expuse en el libro El Rey Forastero: 

"Es momento de pasar al próximo nivel de entendimiento de la fe.  Cuando aproximamos el mismo, ocurre un giro crucial cuando exploramos la frase en Gálatas 2:16, que habla de la justificación no por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo. El verso completo indica:

“…sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley, por cuanto por las obras de la Ley nadie será justificado.” (Gálatas 2:16, RVR 1995).

Debemos reconocer que muchas versiones de la Biblia contemporáneas han traducido este verso con la frase “la fe en Cristo”, no obstante, la traducción fiel de la frase pistis Iesou Christou, πίστις Ἰησοῦ Χριστοῦ, es la fe de Jesucristo. Entonces, estamos siendo confrontados con la realidad que no es nuestra fe débil y cambiante la que nos justifica.  Es la fe de nuestro Señor Jesús la que nos permite acercarnos al Creador y acceder a la gloria de convertirnos en hijos del Eterno.   

Por tanto, esto sugiere que la salvación no descansa en nuestra capacidad de creer, sino en la fidelidad de Jesús—su obediencia constante, su amor, y su sacrificio. La carta a los Romanos lo confirma:

" La justicia de Dios por la fe de Jesucristo, para todos los que creen en él". (Romanos 3:22, RVA).

Por tanto, nuestra salvación depende de su perfecta confianza en el Padre y de su obediencia hasta la muerte (Filipenses 2:8)."

 

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