Nuestra Herencia: Entre la Cruz y la Gloria
Las Escrituras son inequívocas al afirmar que todos
aquellos que han recibido a Jesucristo como Señor y Salvador han sido adoptados
como hijos de Dios (Juan 1:12; Gálatas 3:26; Romanos 8:14; 1 Juan 3:2). Más
aún, se nos revela que no solo somos hijos, sino también herederos—coherederos
con Cristo—llamados a participar de su gloria futura (Romanos 8:17). Esta
verdad constituye uno de los pilares más firmes de la fe cristiana.
Sin embargo, mi inquietud surge a partir del modo en
que esta doctrina ha sido interpretada y aplicada en ciertos sectores de la
iglesia contemporánea. Nadie puede ni debe contradecir lo que establece la
Palabra de Dios: somos hijos y herederos. Esa identidad está asegurada por la
fe. La cuestión decisiva, no obstante, es cuándo y cómo se
manifestará plenamente esa herencia. ¿En qué momento ejerceremos, en plenitud,
esa posición gloriosa que nos ha sido prometida?
Muchos sostienen que la salvación misma constituye la
herencia; que tener a Cristo en nuestras vidas es el mayor de los galardones. Y
no discrepo. Esa afirmación es profundamente verdadera. Sin embargo, al
adentrarnos en la teología paulina descubrimos una dimensión más compleja y
exigente. Pablo declara: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas
2:20). Esto nos conduce inevitablemente a una pregunta crucial: ¿qué Cristo es
el que vive en nosotros? ¿El Cristo glorificado del Apocalipsis, revestido de
majestad y poder? ¿O el Jesús de Nazaret, el Siervo sufriente que se despojó de
su gloria para hacerse semejante a los hombres?
Planteo esta distinción porque, según el mismo Pablo,
nuestra condición presente no es la de reyes entronizados, sino la de hombres y
mujeres crucificados con Cristo (Gálatas 2:20). Esta es nuestra realidad
actual. No estamos sentados en tronos, ni vestidos con ropajes reales, ni
empuñamos cetros de autoridad. Estamos en una cruz. Compartimos el padecimiento
de nuestro Señor. Morimos con Él. Esa es nuestra posición presente en la
historia de la redención.
Mientras habitemos este mundo—un mundo marcado por la
aflicción (Juan 16:33), por el valle de sombra y de muerte (Salmo 23)—no hemos
recibido aún la totalidad de la herencia prometida. Vivimos en esperanza, pero
en una esperanza que sabe esperar. Nuestra existencia actual está definida por
la participación en los sufrimientos de Cristo, no todavía por la manifestación
plena de su gloria.
Como enseña el autor de Hebreos, vivimos contemplando
la promesa desde lejos, sin haberla recibido aún en su totalidad: “Todos ellos vivieron por la fe y murieron sin haber recibido las cosas
prometidas” (Hebreos 11:13). Por ello, nuestra esperanza final convive con el dolor de esta realidad
presente y con las limitaciones propias de un mundo caído.
En este sentido, las palabras de Abraham resuenan con
fuerza: “Soy polvo y ceniza” (Génesis 18:27). El salmista, hablando
proféticamente en nombre del Mesías, declara: “Soy gusano y no hombre” (Salmo
22:6), y también: “No hay quien cuide de mi alma” (Salmo 142:4). Esta es, en
muchos sentidos, nuestra condición presente: frágiles, expuestos, quebrantados.
Y, sin embargo, estamos crucificados con Cristo, y precisamente en esa unión
con Él descansa una esperanza incorruptible.
Llegará el día glorioso en que Cristo se manifestará y
todo ojo lo verá. Entonces seremos transformados, y Él establecerá visiblemente
su Reino. Nos sentaremos a la mesa con Él, participaremos de la cena de las
bodas del Cordero, y solo entonces recibiremos la plenitud de nuestra herencia.
Por ahora, somos peregrinos—viajeros que transitan
este mundo en camino a su verdadero hogar (Filipenses 3:20).
Hasta ese día, nos corresponde vivir en el servicio
humilde, siguiendo el ejemplo de Aquel que se despojó a sí mismo (Filipenses
2:6–11). En estos cuerpos frágiles de carne y sangre, cargamos nuestras cruces
y caminamos tras Él, crucificados con Él.
Pero llegará la hora santa de la resurrección.
Entonces seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es (1 Juan
3:2). Y entonces conoceremos plenamente, como fuimos plenamente conocidos (1
Corintios 13:12).
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