Ya no vivo yo…
Me alegra escuchar que algunos se sienten exaltados,
hijos del Rey que se reconocen príncipes,
gobernantes en un reino que ya imaginan
lleno de alturas, herencias y resplandores.
Que la grandeza les llegue con todo su peso de oro,
y que la celebración nunca les falte.
Pero yo camino por otro sendero.
Como dijo Abraham, sé que soy polvo y ceniza,
una existencia que no se mantiene,
una chispa fugaz sin eternidad propia.
Como confesó el rey David,
soy un gusano y no un hombre,
una burla, un susurro despreciado por las naciones.
Mientras ustedes se sientan en tronos
con coronas tímidas y vestidos de fiesta,
yo permanezco lejos de ese júbilo,
observando la procesión de ilusiones
desde la sombra donde siempre estuve.
Yo sé dónde estoy.
Estoy crucificado entre otros ladrones,
no mejor que ellos, no peor:
simplemente uno más.
Condenado, desnudo, sangrante,
suspendido entre tierra y cielo
como un objeto que nadie reclama.
Apenas una sombra que pasa,
un suspiro débil del universo,
pidiendo al Creador
que no olvide que existo.
Y en este lugar sin gloria
comparto el dolor de mi Maestro,
su silencio, su agonía,
su misterio.
Porque, al final,
yo ni siquiera vivo ni existo:
es el Rabino de Galilea
quien vive en mí.
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