Monte Carmelo

 

Sobre el monte Carmelo se alzaron los altares.

Subió Eliahu, llevado por el aplomo del misterio de los siglos.


Los profetas de Baal subieron con danzas frenéticas,
clamando a dioses mudos,
hiriéndose con cuchillos hasta teñir de rojo la tierra.

Eliahu, bajo la sombra de Hashem, se irguió:
“¿Dónde está vuestro dios? ¿Acaso duerme?”
Los idólatras desfallecieron en su furia estéril,
mientras el cielo esperaba el tiempo señalado.

Entonces clamó el profeta del Señor:
“¡Respóndeme, Adonai, respóndeme,
para que este pueblo sepa que Tú eres Dios!”

Y se abrió el abismo celeste.

Un fuego terrible descendió,
consumiendo la ofrenda, la leña,
las piedras, el polvo,
y hasta el agua que corría en torno al altar.

El pueblo cayó rostro en tierra, temblando,
y adoró al Señor de los ejércitos.
Los profetas de Baal fueron abatidos por la espada,
y aquel día fue exaltado el Nombre temible,
que reina sobre los cielos y la tierra.

¡Que el Anciano de Días envíe ese fuego a nuestro tiempo!

Que despierten los humanos de la penumbra de la incredulidad.

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