Luto celeste

 

Cesó el Hacedor en el séptimo día.
Silencio de gloria flotó sobre la aurora del mundo.
El universo, recién nacido del Verbo infinito,
respiraba por primera vez mientras el tiempo,
ahora despierto, emprendía su marcha
por los largos valles del destino.

 

Siglos después, el Profeta–carpintero fue colgado como reo.
Murió en una tarde oscura que rasgó los cielos,
y la creación entera tembló ante el Hijo del Hombre fallecido.
Los muertos abrieron los ojos del polvo,
mientras un lienzo blanco abrazaba su cuerpo inerme.

 

En el principio cesaron las obras; ahora, el mismo Dios callaba.
Cayó en manos de quienes ignoraban lo que hacían.
Nuevamente se detuvo la labor divina,
no por descanso, sino por una herida mortal.
El Artífice eterno ofreció su aliento a los verdugos,
entregó la vida para salvar a los que le daban muerte.

 

Día de reposo inmemorial, en que el Justo fue traspasado.
Día de luto universal, cuando el Autor del cosmos
se dejó desvivir por amor.

 

El Padre envió a su Hijo…
y nosotros respondimos con clavos.

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