Jesús como la Vida: eje de la cristología joánica
La afirmación de Jesús acerca de ser “la vida”
constituye uno de los ejes centrales de la cristología del Evangelio según Juan.
No se trata de un título simbólico ni de una metáfora piadosa, sino de una autodefinición
ontológica: Jesús declara que la vida —tanto en su dimensión terrenal como
eterna— está inherentemente unida a su persona. La vida no es algo que Él
simplemente comunica desde fuera; emana de su propio ser.
Cuando Jesús afirma: “Yo soy el camino, la verdad y
la vida” (Juan 14:6), no ofrece una serie de métodos o instrucciones
para alcanzar la vida espiritual. Presenta, más bien, la vida como un atributo
esencial de su identidad divina-humanada. Él no señala hacia la vida: Él es la
vida en su origen, su sustancia y su plenitud. En consecuencia, la vida eterna
no debe entenderse como un estado futuro, abstracto o meramente escatológico,
sino como una relación viva, presente y dinámica con Cristo.
Esta misma idea se refuerza cuando Jesús declara:
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”
(Juan 10:10).
La vida abundante de la que habla Jesús no se reduce a prosperidad
material ni a una existencia libre de sufrimiento. En el contexto joánico, la
abundancia apunta a una plenitud del ser, a una vida reconciliada con su
fuente, sostenida por la comunión con Aquel que es la Vida misma. Es una vida
cualitativamente distinta, no simplemente más larga, sino más plena, más
verdadera, más real.
En Juan 11:25, Jesús se presenta como “la
resurrección y la vida”, profundizando aún más esta cristología vital.
Resulta significativo que Jesús no diga únicamente que resucita a los muertos,
sino que Él mismo es la resurrección. La vida que encarna no está sujeta a la
muerte física ni limitada por los ciclos naturales de la existencia humana.
Aquí la vida deja de ser comprendida como un simple
fenómeno biológico y se revela como una realidad trascendente, capaz de
atravesar la muerte sin ser anulada por ella. Por eso, quien cree en Él “aunque
esté muerto, vivirá” (Juan 11:25): la vida que procede de Jesús no se agota
en la corporalidad presente, sino que participa de una continuidad ontológica
que la muerte no puede destruir.
Los discursos del pan de vida en Juan 6 ofrecen
otra dimensión fundamental de esta teología. Al afirmar “Yo soy el pan de
vida” (Juan 6:48) y “el pan vivo que descendió del cielo” (Juan
6:51), Jesús se sitúa en el centro de la experiencia humana más básica: la
necesidad de ser sostenidos para vivir.
En la cultura del Cercano Oriente, el pan no era un
complemento, sino el alimento esencial. Jesús se identifica con aquello sin lo
cual el ser humano no puede subsistir, afirmando que solo Él puede nutrir el
alma y darle vida verdadera. Esta vida no es individualista ni exclusiva: “el
pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:33).
La vida que Jesús encarna tiene, por tanto, una dimensión universal, dirigida a
toda la humanidad.
Incluso cuando Jesús se proclama “la luz del mundo”
(Juan 8:12), la vida está implícitamente contenida en la imagen. En la teología
bíblica, la luz es símbolo de vida, verdad, sabiduría y presencia divina y
principio de la creación misma. Caminar en la luz equivale a participar de la
vida que procede de Dios. Por eso Jesús afirma que quien lo sigue no caminará
en tinieblas, sino que tendrá “la luz de la vida”.
La luz de Cristo no solo ilumina intelectualmente; vivifica
existencialmente. Iluminar el camino es conducir al ser humano hacia la
plenitud de la vida que fluye del Padre.
La afirmación cristológica de Jesús como la Vida
adquiere una profundidad aún mayor cuando se la coloca en diálogo con uno de
los mayores enigmas de la experiencia humana: la conciencia. A pesar de los
enormes avances de la medicina moderna, la neurociencia y la biología
molecular, persiste una pregunta fundamental que sigue sin respuesta
definitiva: ¿qué es lo que hace que sigamos siendo nosotros mismos cada día?
La ciencia puede describir con notable precisión los
procesos fisiológicos del sueño: ciclos REM y no-REM, actividad sináptica,
consolidación de la memoria, regulación hormonal. Sin embargo, no existe una
explicación concluyente que esclarezca cómo, tras varias horas de inconsciencia
relativa, el ser humano despierta conservando intacta su identidad personal, su
memoria autobiográfica, su carácter y su continuidad interior. El llamado “problema
duro de la conciencia” sigue siendo, incluso para los científicos más
avanzados, un límite infranqueable del conocimiento empírico.
Cada mañana ocurre algo que solemos dar por sentado: despertamos
vivos. No solo funcionales, sino siendo los mismos. No despertamos como un ente
nuevo ni como una conciencia fragmentada; despertamos como un yo
continuo. Desde una perspectiva estrictamente materialista, este fenómeno
resulta profundamente problemático. La materia se reorganiza, las neuronas se
regeneran, las sinapsis se modifican… y, aun así, el “yo” permanece.
Este hecho cotidiano, tan simple y tan ignorado, puede
ser comprendido teológicamente como un milagro sostenido. No un milagro
espectacular, sino uno silencioso y constante. La Escritura ya intuía esta
realidad cuando afirmaba: “Porque en Él vivimos, nos movemos y somos”
(Hechos 17:28). La vida no es un mecanismo autónomo que se activa por sí mismo
cada mañana; es una realidad recibida, sostenida instante tras instante.
Desde la cristología joánica, esta continuidad de la
vida y de la conciencia encuentra su fundamento último en Cristo. Si Jesús es la
Vida, entonces no solo es el origen de la vida biológica inicial, sino
también el sostenedor permanente de la existencia. Vivir no es simplemente no
morir; es permanecer en el ser. Y permanecer en el ser requiere una fuente que
trascienda los procesos materiales.
Cuando Jesús declara que vino a dar vida en
abundancia (Juan 10:10), esa abundancia incluye la coherencia interior del
ser humano, la preservación del yo a través del tiempo, del sueño, de la
fragilidad corporal y del desgaste físico. La vida que Cristo comunica no es
caótica ni fragmentada; es una vida que integra, sostiene y mantiene.
Dormir, en este sentido, se convierte en una metáfora
existencial: cada noche entregamos nuestra conciencia, nuestro control y
nuestra voluntad, y cada mañana la recibimos de nuevo. No hay garantía empírica
absoluta de que debamos despertar; sin embargo, despertamos. Este acto repetido
miles de veces a lo largo de la vida humana no es meramente un proceso
biológico exitoso, sino un signo silencioso de dependencia radical.
Esta reflexión nos obliga a abandonar la ilusión
moderna de autosuficiencia. La vida no es una propiedad que poseemos; es un don
que se nos concede continuamente. Jesús no solo inaugura la vida eterna al
final de los tiempos; la sostiene ahora, en lo cotidiano, en lo ordinario, en
el simple hecho de abrir los ojos cada mañana y reconocernos como quienes
somos.
Así, la cristología de Juan no queda encerrada en el
ámbito doctrinal, sino que desciende al terreno de la experiencia humana más
elemental. Cristo es la Vida no solo porque promete resurrección futura, sino
porque hace posible que hoy sigamos vivos, conscientes y siendo nosotros mismos.
Añadir esta reflexión no debilita el texto; lo humaniza,
lo actualiza y lo fortalece. Habla a la mente moderna, cansada de explicaciones
reduccionistas, y recuerda que, incluso en la era de la ciencia, la vida sigue
siendo un misterio… y ese misterio tiene un Nombre, Jesucristo.
En conjunto, estos pasajes revelan una cristología
profundamente coherente: Jesús no enseña simplemente acerca de la vida ni la
ofrece como un beneficio externo. Él mismo es la vida. Quien se acerca a Cristo
entra en contacto con el origen, la sustancia y el sentido último de la
existencia. Esta es la clave que transforma el discipulado cristiano: seguir a
Jesús no es adoptar una ideología religiosa, sino ser introducido desde ahora
en la vida eterna, una vida abundante, verdadera y plena, sostenida por Aquel
en quien la vida misma tiene su fundamento.
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