Encuentro silencioso
Fui hijo de la Torá,
caminé bajo el peso de sus letras,
el Sabbat era mi reloj,
y la instrucción de los rabinos, mi mapa.
Pero un día, Yeshu el nazareno se cruzó en mi senda.
No como un trueno,
no como fuego sobre el Sinaí,
sino como la brisa que apenas roza la piel
y, sin embargo, cambia el rumbo del alma.
Mi casa interior fue derribada,
y levantada de nuevo con maderas más puras.
Mis valores, mis pasos,
mi forma de mirar a los demás,
todo fue lavado por un bravo río que no conocía.
Ahora oro,
y cada página de las Escrituras
es un espejo donde a veces me reconozco,
y otras, me desconozco.
No soy profeta,
no oigo truenos ni voces desde la nube.
Dios, para mí, es una Presencia que calla,
pero cuyo silencio pesa más que todos los discursos que se hayan pronunciado.
Aunque a veces, sin aviso,
una idea de eternidad se posa en mi mente
como un ave que no sé de dónde viene.
Yeshu es mi norte,
mi modelo,
la figura clavada en madera junto a la cual
quiero verme crucificado.
Y en ese momento,
con la voz rota por la sed,
con la mirada nublada por la cercanía de la muerte,
decirle como aquel ladrón:
“Acuérdate de mí…”
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